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A propósito de la austeridad, la vida y el amor

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Este texto no contiene moraleja alguna, sino apenas una pincelada histórica de dos de mis superhéroes favoritos. 

Además de ser un sobrio ícono de la lucha pacífica por el socialismo, Salvador Allende era un hombre de gustos refinados, lo que le valió, desde chico, los apodos de pije o pollo fino. No solo le gustaba vestir bien, con ropa a la medida hecha con telas importadas (desde las pijamas hasta los trajes de calle), era un bebedor que sabía apreciar el buen whisky escocés y un hombre culto que sabía distinguir entre lo bueno y lo mejor. Una vez, según relata Julio Scherer García en Pinochet: vivir matando, un demócrata cristiano le reclamó su predilección por las telas inglesas, la ropa a la medida, los zapatos italianos, el abrigo de pelo de camello. “Tiene usted razón. Pero solo por fuera. Me gusta la vida, mucho, la vida es para vivirla con ánimo abierto sin ocultarse en rincones ni hipocresías. Me gusta el licor importado y tengo ojos para las mujeres. La vida es como el sol y la luna, los contrastes que dan unidad al ser humano. Pero por dentro soy un luchador, 30 años en la oposición, socialista desde el primer día. Me ato al rigor, a los principios que me comprometen, la lealtad a los amigos. De mi condición de pije da cuenta mi ropa, de mi condición de hombre da cuenta mi vida”. 

Una de las últimas compañeras del dirigente, quien en efecto tenía ojos para las mujeres, fue Gloria Gaitán, hija del líder político más importante en la historia moderna de Colombia, Jorge Eliécer Gaitán. Ella lo había conocido, junto a Lázaro Cárdenas, en 1959, en La Habana, y vio la oportunidad de acompañar en un hombre virtudes como las que advirtió en su padre, cosa que hizo hasta antes del golpe del 73. En su libro Bolívar tuvo un caballo blanco, mi padre un Buick, la hija del dirigente rememora el gusto de Gaitán por los buenos automóviles que procuraba cambiar cada año o cada dos. Gaitán prefería los autos más potentes no por simple estatus, sino que los utilizaba para recorrer el país recogiendo dolores populares y sembrando una nueva fuerza política que pudiera resolverlos. Acaso por no ser blanco, por ser el hijo de una maestra de escuela y de un vendedor de libros de segunda mano, a Gaitán el lujo le era más recriminado que a Allende. Sus autos, que viviera en un barrio privilegiado y reivindicara la movilidad social cuando era producto del mérito, su estilo de vestir y todas aquellas costumbres que tomó sin dejar de lado otras, como jugar tejo o comer comidas populares, eran vistos por algunos como traición. Gaitán, como toda la izquierda, pretendía que el pueblo tuviera acceso, primero, a la higiene, la salud y la dignidad que se le había negado y, después, a la estética, al goce y a la modernidad que había excluido a las mayorías. Ese deseo y esa lucha le trajo, desde luego, el odio de los conservadores, pero también de segmentos populares que vieron con desconfianza el modo de vida de Gaitán, su ejercicio profesional como abogado de personas ricas —aun cuando defendía también a pobres y sin cobrarles—, y la pretensión de cambiar usos y costumbres tan tradicionales como opresores. Ni Gaitán ni Allende son recordados como frívolos o extravagantes. De los recorridos por Colombia, lo que menos se recuerda es el automóvil en que El Jefe los hacía.