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¿A santo de qué?

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Hoy, como en varios puntos del sexenio, se cierne sobre Manuel Bartlett otro ataque por la transformación profunda que tiene lugar en la Comisión Federal de Electricidad, gestionada, a diferencia de otras áreas del gobierno, con rigor técnico y solidez jurídica. La batalla de Bartlett y el grupo que lo acompaña se distingue, primero, por su dimensión: la libra contra algunas de las compañías más poderosas del mundo, aliadas desde hace muchos años con la elite política y empresarial de México. Venimos de un mercado eléctrico estructurado de forma tan absurda y abusiva, que el objetivo de la actual gestión es modesto: parar la destrucción de la Comisión Federal de Electricidad y mantener en manos nacionales las decisiones sobre la generación y manejo de la energía eléctrica. El segundo distintivo de la batalla de Bartlett es la complejidad técnica que reviste. El asunto es difícil de explicar, se pierde entre fórmulas matemáticas y lenguaje especializado, oscurecido a propósito, y ahí es donde entran las operaciones mediáticas que buscan confundir a todos quienes no tienen algunas horas para sumergirse entre los textos e información del sector.

Conviene un poco de perspectiva histórica, aunque sea reciente. La luna de miel de Enrique Peña Nieto con el gran empresariado y con los Estados Unidos tuvo su punto culminante el año de 2014, en un paseo que le organizaron por Nueva York. Allí, además de ir a la Organización de las Naciones Unidas, recibió un premio como Estadista Mundial y fue festejado por última vez, antes del derrumbe de su gobierno, por los grandes diarios de las oligarquías. Ese mismo año, tanto el Wall Street Journal cuanto The Economist festejaron que se saldara un pendiente: la reforma energética, que permitiría a las más grandes empresas invertir para disminuir el precio de la energía eléctrica. Hace tiempo ya que las grandes energéticas tenían puestos sus ojos en el mercado mexicano, que empezaron a paladear desde los tiempos de Calderón. A partir de entonces, el saqueo solo vino a intensificarse, si bien había comenzado años atrás. Los precios redujeron, sí, para el gran capital, que empezó a incrementar sus ganancias, que saca del país, año con año. Los costos, sin embargo, incrementaron para el erario y para los consumidores ordinarios de energía eléctrica. Las consecuencias se miden en decenas de miles de millones de dólares.

Hay muchas historias que contar. Lo haré después con más detenimiento y no quiero ahora más que poner un ejemplo. Para calcular unas tarifas que debían ser pagadas a la Comisión Federal de Electricidad por parte de las empresas de “energías limpias” (tarifas de porteo), había que hacer un cálculo de cierta complejidad técnica. El cálculo arrojaba que había que dividir una cierta cantidad entre punto tres. Los tecnócratas de 2010, en lugar de hacerlo, se “equivocaron”, y este lamentable error dio por resultado que, en lugar de dividir, multiplicaran. Si usted divide 2 entre .3 el resultado será de 6.6 unidades. Si, en cambio, lo multiplica, el resultado será de .6 unidades. Hicieron esto último, en lo que es, a todas luces, un robo en despoblado. La Comisión ajustó ese “error” criminal, y, desde luego, los medios renovaron sus ataques contra Bartlett. Gómez Fierro amparó ese “error” como derecho adquirido. Hoy se lanzan, de nuevo, con un refrito de hace décadas ¿a santo de qué?