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Los elefantes de la sala

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Desde su surgimiento, Morena tiene varios elefantes en la sala que por varios motivos se han quedado ahí. Cada vez más, los habitantes de la casa chocamos con ellos, tenemos que pasar entre sus patas, nos toca algún coletazo, una trompada, y seguimos haciendo como que no están.

Los elefantes toman hoy las formas de Félix Salgado Macedonio, del desorden en la comunicación institucional respecto a la selección de candidatos, de la mixtura ideológica, de todo lo que puede resumirse en la falta de institucionalización del partido.

El elefante más grande es la opacidad de las reglas para los participantes de la organización. En el pasado, el liderazgo del partido estaba claro y la mayor parte de militantes concedíamos que muchas cosas sucedían por alguna razón estratégica. Se trataba del respeto al liderazgo de Andrés Manuel, algo que ninguna dirigencia podría haber heredado. El único objetivo, y así lo enunciábamos, era la elección presidencial de 2018. Una vez cumplido, con Andrés Manuel lejos de la mayor parte de las determinaciones del partido, la regla es que las reglas son borrosas y cambian frecuentemente. En el PRI la línea era el respeto a la decisión de una jerarquía; en el PRD, el vulgar reparto de cuotas por corriente; en Morena, en cambio, la norma formal son las encuestas, pero, además de que se leen distinto en cada caso, están mediadas por acuerdos políticos entre grupos y partidos de la coalición, expedientes o información que puede comprometer candidaturas y, a veces, por la presunción soterrada de una supuesta línea presidencial. No está mal que exista ninguno de esos factores, y sería mejor que se hicieran públicos y se aplicaran sistemáticamente, pues hasta el momento parece que hay un procedimiento casuístico. Si la casuística fuese la regla, también habría que explicar cada caso y creo que se podría.

De la opacidad se desprende la sensación de arbitrariedad. Nadie duda que Félix Salgado Macedonio haya ganado la encuesta para ser gobernador, pero sabemos menos sobre cómo se decidió proceder respecto a las denuncias en su contra, qué valoración se hizo y con qué elementos, para sostener una candidatura que debería ser sometida al escrutinio más riguroso y revocada en consecuencia. No podemos, sin información, confiar en que dicho examen se realizó con solvencia moral, pues no sabemos si se hizo ni quién lo hizo. Ahí prevalece la encuesta pese a todo. Un ejemplo muy distinto es el caso de San Luis Potosí. Las participantes mismas han dicho que la encuesta se presentó, que ganó Mónica Rangel, pero se frenó su postulación por consideraciones de su dominio del programa político de Morena —o sea que ahí se pusieron muy estrictos. Los criterios son absolutamente distintos y la dirigencia parece unida en el silencio. ¿Por qué se leen distinto las encuestas en cada caso?, ¿se cuestiona solo en voz baja para no confrontarnos entre nosotros y perder posibilidades de avanzar políticamente en los distintos equipos?, ¿será que nuestro mayor cemento se ha vuelto la búsqueda del poder y la brújula ética ha perdido relevancia? Con sinceridad, espero que sea otra cosa.