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Era mejor ‘Constitución moral’

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Es un documento valioso el de la guía ética para la transformación. A todo proyecto político serio subyace un proyecto ético, y siempre es mejor que sea explícito (para empezar, para que sea claro para quienes pretenden ejecutarlo). El gobierno, además, es el único agente con la posibilidad de poner la ética en discusión a nivel nacional, no solo por su infraestructura y su alcance territorial, sino particularmente por la legitimidad que tiene, por la que ha tenido el estado mexicano a lo largo de las décadas en la circulación de ideas desde los libros de texto gratuito.

Quienes piden que el estado abandone ese espacio quizá prefieren que la configuración ética de un proyecto político se comunique sin ser explícitos —como el enaltecimiento del orden violento y de la muerte de los malos en el discurso del sexenio de Calderón— o, quizá, que los únicos que puedan discutir sobre ética y establecer sobre la base de esa discusión cuál debe ser la moral pública, la constitución moral de una sociedad, sean agentes poderosos tradicionales como medios de comunicación masiva, iglesias, y, en general, organizaciones de la sociedad civil.

Me deja mal sabor de boca que el Presidente haya dejado de lado la mejor denominación de constitución moral que proponía. Constitución alude no solo a un entramado normativo, como sugeriría el lenguaje político contemporáneo, sino a una forma de integración de la sociedad que articula a sus distintos sectores en una comunidad mediante acuerdos mínimos de convivencia, lo que sería la ética o la moral. Y moral me parecía mejor porque la sola palabra pone al establishment intelectual como olla de frijoles saltarines (porque prevalece en los últimos años un acuerdo sobre la diferencia entre ética y moral, que circunscribiría a la moral al ámbito de lo privado, que no tiene una base sólida en la historia de las ideas y tampoco en la etimología; ambas palabras se refieren a lo mismo y son perfectamente equivalentes, pero una viene de moris, latín, y la otra de ethes, griego). Constitución moral o propuesta de constitución moral tenía, entonces, el componente público que une a la ética con la política. Carece de eso el nombre de “guía para”, y se inviste, aunque sea con palabras más suaves, de un aire de instructivo.

Intelectualmente, la guía tiene el único mérito de organizar las ideas de López Obrador sobre el bien, una base ética que concitó buena parte del apoyo electoral que lo legitima. Bien podría tratarse de una compilación de esas ideas vertidas en conferencias matutinas, con un breve ajuste y pulida filosóficos. Es poco, y quizá por ello se encontrarán elementos polémicos, como la definición del amor, el escaso valor reconocido a los motores de la rebeldía (entre los que solo podría inferirse, ya con ganas, la indignación) y el exceso de enaltecimiento a los de inmovilidad (un cierto tipo de amor, el perdón, la gratitud, el estado de derecho). Tiene, además, uno que otro horror estilístico, quizá proveniente de ese carácter mismo de compilación de mañaneras, como tener una cadencia solemne y aleccionadora que, se rompe, de repente, con nociones como Estado de chueco. Su mérito está en otro lado: si los intelectuales orgánicos de diversos sectores de la sociedad asumen con seriedad la discusión, podríamos asistir a un fructífero diálogo nacional. A juzgar por las reacciones en la república de Twitter, no sucederá.