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Autocrítica

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La sucesión de Morena es un momento complicado del cambio de régimen por lo que deja ver. Y creo que a todos debe tenernos con cuidado lo que pasa ahora y las necesidades que evidencia. Es importante para que la transformación sea realmente democrática.

Hay, por una parte, un partido incapaz de realizar la sucesión de su dirigencia (no pudo realizar el proceso asambleario, en el que se repitieron violentas y clientelares escenas perredistas), con una camarilla sin respeto a su líder histórico (a quien prefirieron desoír en su reiterada sugerencia de realizar una encuesta). Hay, por otra parte, un tribunal electoral que siempre ha sido político, que puede argumentar el mismo asunto en dos sentidos completamente opuestos, dependiendo de la fuerza con que soplen los vientos y cómo persuadan a los magistrados unos pocos influyentes personajes que fueron importantes para su ascenso. Hay en tercer lugar, un Instituto Nacional Electoral que se siente ajeno y opositor a la nueva correlación de fuerzas —que se ríe por lo bajo del desmadre de Morena, como cobrando su crítica al régimen de la transición o que llega, incluso, al activismo contra la mayoría, como ha emprendido en particular Ciro Murayama. Hay, en cuarto lugar, un reblandecimiento del compromiso democrático. En la primera encuesta de reconocimiento todos callaron ante el atropello. En esta segunda, quienes se beneficiaron de la primera y callaron —o incluso defendieron los argumentos de los encuestadores, sin fundamentos metodológicos reales— empiezan a notar cosas raras y reclaman, porque los suyos no salen claramente favorecidos. Y algunos, como Muñoz Ledo y 80 diputados, reniegan de términos que estaban en la convocatoria, como una encuesta final de desempate de la que estábamos advertidos todos los competidores. Hay, en quinto lugar, la falta de un medio de comunicación atento e informado sobre la política interna de Morena, que es ahora buena parte de la política que importa en el país. Solo se entiende con una mezcla de Twitter, trascendidos e información privilegiada.

Sin partido consolidado ni compromiso democrático de los actores, nos esperaría lucha de facciones desordenada, la competencia de billeteras, la despiadada confrontación de fuerzas de todo tipo, menos democráticas. Con un órgano electoral que se vive como oposición y un tribunal comprometido con grandes poderes —es decir, sin replantear el circuito INE-TEPJF— nos espera lo que hemos visto: cambios dizque jurídicos a contentillo de políticos que operan en la oscuridad y el silencio cómplice de un INE que prefiere lavarse las manos antes que cumplir con su mandato constitucional con la democracia (Ciro Murayama dijo, incluso, que el INE era solo un mensajero en este caso, como si se tratara de un gestor de contratos de encuestadoras impolutas). Sin medio de comunicación —¿un periódico?— todo esto se vuelve muy complicado de entender (y, por tanto, de cambiar) para cualquiera, y solo alcanza a verse el desorden. Ya ha dicho el Presidente que no se meterá ni a poner orden en su partido. Probablemente, tampoco enviará una reforma política. Seguramente, no impulsará la generación de un periódico o un gran medio. ¿A quién le toca todo eso?