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Un robo en el silencio

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Como es sabido, el INE y tres casas encuestadoras han decidido excluirme de la contienda para dirigir Morena, una decisión fraudulenta y un atropello evidente que quiero argumentar aquí de manera muy puntual, solamente para dejar testimonio. Las cúpulas del poder han decidido seguir adelante sin mediar ninguna consideración y no espero que reculen.

Se trata de una exclusión planeada, que no pueden explicar más que de forma cínica, descansando sobre la complicación que implica explicar públicamente una encuesta. La encuesta del INE me coloca en un lugar 11 de conocimiento en general, con un porcentaje de conocimiento de 11 por ciento entre simpatizantes del partido. Mientras tanto, las dos encuestas más serias publicadas en el proceso, la de Arias y la de Moreno en El Financiero, me colocan como el hombre aspirante más conocido después de Mario Delgado y Porfirio Muñoz Ledo, pero importa el porcentaje. En la encuesta de Alejandro Moreno aparezco con un conocimiento de 33 por ciento entre el público en general y ¡51 por ciento entre simpatizantes de Morena!, una cifra muy cercana a la de Arias, que estima 47 por ciento, pese a que ambos, por las diferencias metodológicas me estiman en distintos lugares de la preferencia. Es decir: el INE tiene de 35 a 40 puntos de diferencia con lo que estiman encuestadores prestigiados y rigurosos del país. 

Para explicar la diferencia con el 11.9 por ciento que registra el INE no basta señalar la diferencia metodológica y que la encuesta se haya hecho en hogares y no telefónicamente (sería implicar que la mayor parte de los hogares mexicanos no tiene acceso a teléfono ni celular, lo que es falso). Tampoco es un argumento válido que la pregunta fuera a personas con credencial de elector, como ha señalado Abundis (el argumento de Abundis se cae al observar que, de las personas encuestadas, únicamente 1.3 por ciento no cuenta con credencial de elector). De tal manera que ese 40 por ciento de distancia solo puede explicarse por una intención deliberada, pues tampoco resiste el menor análisis político. 

Un estudio de la central de inteligencia política de El Universalsobre medios nacionales reportó hace siete días la cobertura mediática lograda por las candidaturas a la presidencia de Morena durante un mes. Se revisaron 35 canales de televisión, 35 diarios y 30 estaciones de radio. El más mediático, por mucho, era Mario Delgado, con espacio que sería equivalente al costo de 136 millones de pesos (es importante decir que no es publicidad, sino un espacio más o menos natural por su condición de jefe de bancada); en segundo lugar, se encontraba Porfirio Muñoz Ledo, con espacio equivalente a 70 millones de pesos, y en tercer lugar yo, con un espacio prácticamente igual. Muy por debajo aparecía Yeidckol Polevnsky, que casi no hizo campaña, y Alejandro Rojas Díaz Durán. Esa cobertura no toma en cuenta, desde luego, la visita que hice a 46 ciudades (para hablar con la militancia y simpatizantes) y los respectivos medios de comunicación de cada una de ellas. Podría ser que ya toda comunicación —en territorio, en medios tradicionales y digitales (en las encuestas con muestras representativas de redes sociales aparecí en primero o segundo lugar)— es irrelevante; que el total de la gente ignora a todos los medios todo el tiempo, que las empresas tiran su dinero al comprar publicidad y nadie se ha dado cuenta. Que la campaña más efectiva es telepática (o la que no existe, como la de algunos compañeros que el INE —encabezado por alguien que cree que las campañas son determinantes— colocó delante mío). Eso o hubo un fraude (y es lo segundo, que explicaré en un texto mañana).