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Caras redonditas

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Defender el proyecto lopezobradorista, mis convicciones y al presidente en espacios donde nadie lo hacía ha provocado múltiples ataques personales que van desde las calumnias hasta los insultos; desde el golpeteo anónimo hasta la obsesión patológica. No diré que me sorprende. Es un fenómeno repetido desde mi primera presencia en el ámbito público y en los medios de comunicación.

Se mofan de mi aspecto, de mi físico, de mi vello facial, de mis rasgos indígenas. Cuestionan mis conocimientos por mi juventud y ponen en duda, sin fundamento, mis credenciales académicas. Publican tuits falsos que nunca escribí, y descontextualizan otros con el único propósito de dañar mi integridad. No lo han conseguido. Casi todos los ataques tienen su origen en una élite agraviada y desterrada que desde el anonimato envía a sus heraldos y voceros para golpearme a mí y, de paso, a millones de mexicanos con los que se sienten incómodos, tanto por sus raíces socioeconómicas, como por su color de piel.

Ahora que busco dirigir Morena, los ataques se han reciclado e intensificado con una única diferencia: que estos provienen lo mismo de fuera que de adentro. Hay compañeros que se indignan porque cobro por mi trabajo generando opinión, como si ello fuera exclusivo de quienes siempre lo han hecho; me suponen desmerecedor de ser un agente internacional por no parecerlo ante sus ojos (y despotrican contra mi salario aunque lo haya reducido a un tercio, sin estar obligado a hacerlo, convirtiéndome quizá en el secretario general de organismo internacional que menos gana en el mundo); atacan a la institución, ningunean su extraordinario trabajo, descubren que los agentes internacionales toman aviones y quizá descubran después que en el trabajo diplomático se gasta en reuniones, recepciones y protocolo. Y aunque hayamos reducido drásticamente esos gastos, es algo que no les parecería denunciable ni les sorprendería de ningún otro organismo bien conducido o incluso de cualquier misión diplomática nacional o extranjera, porque en realidad no les molesta otra cosa que mi presencia, porque creen que no le corresponde a alguien como yo hacer ese tipo de labores. Los más desubicados vociferan sobre la digna labor de mi padre como investigador educativo y la tergiversan para vincularme con Salinas, un exceso que insulta la inteligencia misma de quien lo afirma. La revista que impulsó mi padre se llama Cero en conducta, no Nexos, y en ella no escribía ninguna élite intelectual sino profesores comprometidos que parieron desde la disidencia un proyecto pedagógico de la mano de Ramiro Reyes Esparza; un proyecto que derivó en una modesta pero combativa asociación llamada Educación y Cambio. Mi padre, primero maestro normalista, trabajó antes y después de eso en la investigación educativa. Primero, en la SEP; después, en el Instituto Belisario Domínguez (donde ganó el concurso de oposición), y no perteneció a ningún grupo político de los que participaron los dos personajes que fueron jefes del instituto, además de ser un férreo crítico de la reforma peñista, lo que cualquiera puede constatar en textos y videos. 

Sin rigor académico y periodístico se puede llegar a cualquier parte. Sin rigor y defendiendo el privilegio es todavía más sencillo. Y es que el privilegio no se golpea a sí mismo. Por eso, para otros no hace falta renunciar a una posición de poder en la Cámara para aspirar a la presidencia del partido, siempre y cuando aparezcan en las fotos los cacicazgos locales a la usanza del viejo régimen; no tiene nada de malo haber presidido al PRI, al PRD, trabajar con Vicente Fox o reprender constantemente al presidente; tampoco importa utilizar la estructura del partido para impulsar candidaturas afines a la camarilla dirigente. Para el privilegio, más que un problema, eso representa asegurar la continuidad y el estatus de la élite burocrática que ha intentado capturar el lopezobradorismo –una misión imposible. A quien hay que señalar es al intruso que se atreva a competir sin la bendición de la élite de izquierda. Pero no importa.

Es normal que Porfirio diga no conocerme. Hace mucho tiempo que no pisa la calle y no tiene contacto con todas las caras redonditas que trabajan a diario para sacar adelante al país, que no fija en su memoria a alguien que no sea ya notable. Hoy no hablo por mí; hablo por miles que impulsamos un pacto desde abajo, y es por ello que considero pertinente contestar a las mentiras y los ataques. No respondo a la agenda de las televisoras; no trabajo para el IMSS; no formo parte de ninguna facción del partido. No tengo padrino político, sólo compañeros que confían en mí. Mi labor al frente de la CISS está a disposición de sus instituciones miembro, que han reconocido los esfuerzos para sacar al organismo del marasmo en el que se encontraba. La auditoría externa que algún genio demandó se realiza por normatividad cada año: terminó en julio pasado y se reconoció la buena administración de mi gestión por parte de un prestigiado despacho (Gossler). Si, cuando termine mi licencia, la membresía me lo permite, haré pública esa auditoría. Una comida para 106 empleados se facturó, como es obvio, por la Secretaría General, y en esa factura alguien quiso ver la evidencia de un comedor privado que hace meses clausuré para convertirlo en oficina de un proyecto feminista encabezado por compañeras que luchan por el bienestar desde el exilio y que la CISS ha acogido por su valía política y profesional. Inauguré una política de devolución de viáticos y gastos excesivos de cualquier miembro de la organización que he seguido puntualmente. Todo consta en documentación a la que podré acceder tras el fin de mi ausencia temporal, al cabo de la cual desmentiré, uno por uno, los infundios que se acumulen, además de desenmascarar al costal de rencores que quiso convertir un resentimiento personal en un golpe político, vistiendo de investigación un curioso amasijo de mentiras y chismes quizá auspiciado por la gracia (o el patrocinio) de quienes ven en mi candidatura una amenaza al orden burocrático de Morena. En este momento ocupa toda mi agenda y mente un compromiso con el lopezobradorismo, y con todas las compañeras y compañeros con quienes acordamos hacer un pacto desde abajo para recuperar Morena y consolidar la transformación. Sin distracciones. No descansaremos hasta lograrlo.

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