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Administrar y transformar. De los alcances y límites de la 4T

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Termino esta serie de artículos como la empecé: no parece que vaya a haber nuevas grandes sorpresas en este sexenio (y está bien, porque con las que tenemos basta para avanzar una transformación pacífica con gobernabilidad).

Y eso incluye que quizá no suceda, aunque sería una bella sorpresa, una reforma política que ordene la nueva correlación de fuerzas y forje una nueva normalidad política. No habrá un nuevo gran partido gestionado desde el poder —y la única esperanza para que Morena se convierta en el gran partido del lopezobradorismo y de la Cuarta Transformación sería que sus dirigentes y militantes nos pusiéramos serios. La segunda pata de la nueva seguridad social mexicana, la de los servicios públicos (la primera son las transferencias), tampoco terminará de crecer. Toda la reforma fiscal que tendremos, por ahora, es que se terminen las factureras, las condonaciones, y que el gran capital pague en tiempo y forma sus impuestos (una reforma mayúscula), pero no otra —así lo muestra, por ejemplo, el duro recorte a los capítulos 2000 y 3000 en la administración pública federal—. Y parece sensato no estirar la liga más allá, si con apenas aplicar la ley un puñado de empresarios ha adoptado un tono francamente golpista. No habrá tampoco un relevo generacional ni una nueva doctrina política generadas desde el poder: eso corresponde a los militantes del bloque de la transformación.

Como es patente, López Obrador ha privilegiado la transformación por encima de la administración.

En tiempos pasados, la tarea fundamental de los generales políticos, de los dirigentes, era clara para todos, porque su imbricación con los valores de la guerra era prístina: se trataba de ganar y transformar, de hacer política trascendente para alcanzar la gloria. Un gobernante honorable debía ser, primero, responsable; se trataba de la responsabilidad de la gestión, de la administración, a menudo delegada a otros que tenían que responder, a veces con su vida, al honor, el poder y el prestigio delegados en ellos —y quizá ahí podemos encontrar el principal déficit de este gobierno: en su gabinete. Desde el triunfo del neoliberalismo y el avance de las élites tecnocráticas, se creyó que los dirigentes tenían que ser los mismos que los administradores y que los especialistas. Los políticos tenían que dedicarse a las políticas, porque la política estaba hecha de antemano, y sus propósitos estaban escritos en manuales casi incontrovertibles. Acaso por eso, en materia de transformación y de política, la respuesta de la oposición ha sido tan chata, tan extemporánea, porque ya no saben de qué se trata el juego, porque no tienen intelectuales que les indiquen el camino, porque los que hay alimentan la idea de que su berrinche se convertirá pronto en un clamor nacional antilopezobradorista. En materia de transformación, las cosas han salido más o menos como el Presidente esperaba y los grandes trazos del nuevo régimen son claros. En materia de administración, el día de hoy, a dos años del día de la victoria, los cambios de personal son imperativos en ciertas secretarías. La presidencia no puede, ni debe, hacerlo todo.