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Administrar y transformar. El bloque obradorista

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Con esto del coronavirus, parece más difícil cada vez que este sexenio dé grandes sorpresas. Se trata de un cambio constante, aunque no tan sonoro, que configura un nuevo régimen ante nuestros ojos y que los observadores no ven porque están muy ocupados en enojarse. Y hay muchas quejas válidas, desde luego, porque hay cosas que podrían hacerse bien en términos de gestión, de administración, que se han dejado de lado por privilegiar la transformación. ¿Administrar y transformar son antitéticos? No sé si en todo, pero en algunas cosas seguramente es así.

La administración no mejorará en tanto no haya cambios sensibles dentro de un gabinete que ha quedado chico al Presidente, pero la transformación, que es lo que lo ocupa, avanza de manera firme. Creo que en este momento las líneas más gruesas del nuevo régimen están trazadas y cimentadas, pero que pueden adoptar configuraciones diferentes.

La primera línea consolidada es el obradorismo como identidad política. En medio de la mayor crisis que ha vivido el gobierno mexicano en los últimos años (y, a diferencia de la de Iguala, con consecuencias para millones de personas), López Obrador tiene una base dura de 50 por ciento de las personas aprobando su gestión pero, aún más importante, apoyando a su persona. Con él se da un fenómeno que los politólogos no alcanzan a comprender bien. ¿Cómo puede ser que se desapruebe la gestión en muchas de las temáticas como economía o seguridad y esas mismas personas aprueben al Presidente de la República?

Una parte puede explicarse porque la gestión de salud ha salido razonablemente bien, pero no todo. Hay valores intangibles que son muy preciados para la población, como la honestidad, la contemporaneidad del gobierno (que si no hay dinero para el pueblo, el sector público lo resienta también), la congruencia en ver, primero, por los más desfavorecidos, y la independencia respecto a poderes fácticos en la toma de decisiones. Quienes aprueban, evalúan la transformación. Es una identidad ética que sella el bloque social.

Hay, además, un 20 por ciento flotante, que va y viene, pero que, si la gestión anda razonablemente bien, funciona como parte del obradorismo. Es un sector que consume mucha información, que es sensible a los vaivenes del círculo rojo. Para evaluar el cambio de régimen quedémonos con el 50 por ciento: un mundo, un inmenso capital político. Como se funda en la autoridad moral del Presidente es delicado, pero ha sido estable. Ese capital será, en alguna medida, de Morena, pero también de partidos aliados o de candidaturas sin partido que se identifiquen con el obradorismo. La dispersión del voto es algo que se está jugando hoy, pero se resolverá, y AMLO conservará su mayoría, aunque aún no sabemos en qué configuración; con cualquiera, el obradorismo seguirá siendo la identidad política que más aglutine en los próximos años.

El pendiente que quedará, quizá para después de este gobierno, será la reforma política que dé forma jurídica a una nueva correlación de fuerzas. Voy más adelante: con tener una buena cantidad de políticos corruptos en la cárcel para el final de este sexenio, la sucesión estará totalmente en las manos del bloque de la transformación.