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Las realidades y las convicciones

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Lo único que realmente sorprende de las declaraciones de Roberta Jacobson registradas por Proceso este fin de semana (donde indica que Felipe Calderón sabía de los vínculos de García Luna con el narcotráfico) es que nada cambie profundamente, que nada se cimbre: criticamos a Felipe Calderón los que lo criticábamos desde hace años, y sus defensores oficiosos, aun los que esgrimen como mérito la guerra contra el narco, callan. Las interpretaciones prefabricadas son muy firmes, aunque solo una se revela acertada. Pero nada más cambia y pocos mudan de convicciones, aunque la realidad venga a estropearlas. ¿Tiene arreglo el cinismo de nuestra conversación pública?

El páramo y sus ruinas ven pasar, cada vez más intensamente, alaridos pulsionales, pasionales, que sirven como insumo para medir la temperatura a los humores publicados, pero no como análisis. Dice Jorge Zepeda que podrían deberse al modito del Presidente, y puede ser. Queda como caso ejemplar el artículo de Soledad Loaeza “como anillo al dedo”, claramente escrito en caliente. En él, dice que si a AMLO le cayó la crisis como anillo al dedo es porque, “para el presidente, implícitamente al menos, mientras más muertos mejor porque tendrá más dinero para sus grandes proyectos”, lo que, en el fondo, carece de todo sentido. En serio, eso es lo que pone la doctora. Y yo creo que habría bastado leer la frase completa, textual, para saber que se trataba de otra cosa. Dijo López Obrador que la crisis “nos vino como anillo al dedo para afianzar el propósito de la transformación”, y se sabe, todo mundo sabe, que los propósitos de la transformación son tres: 1) eliminar la corrupción, 2) separar el poder político del poder económico, y 3) construir bienestar privilegiando, por el bien de todos, primero a los pobres. Podemos estar de acuerdo, razonablemente creo, en que estos años esos han sido los componentes del “propósito de la transformación”.

Y la verdad es que lo que dice López Obrador es sensato, porque en tiempos de emergencia nunca faltan los corruptos que buscan vender chatarra, como las pruebas moleculares con las que estafaron a Felipe Calderón; no faltan los que quieran especular con el dolor, como León Manuel Bartlett y tantos otros vendedores de insumos; no faltan los gobernantes que se transforman en cabilderos para promover pruebas presuntamente rápidas descartadas por la FDA, como Enrique Alfaro, ni directivos de la gran empresa que promueven planes de dizque salvamento de la economía, poniendo por delante a las pequeñas y medianas empresas, pero solo en el discurso. En los números, en cambio, los beneficios no son para las mipymes: en el plan presentado por el Consejo Coordinador Empresarial no proponen darles recursos sino solo a los grandes: “utilizar el programa de garantías para las empresas solventes con problemas de liquidez” y suspender o diferir el pago de sus impuestos, o sea que, por el bien de todos, para ellos, primero son ellos mismos. Ya ellos se encargarían de salvar o adoptar a mipymes, según consigna el mismo plan. La interlocución entre dos polos que agrupan clases y categorías sociales parece rota, pero la realidad termina por imponerse. ¿Cuánto durará la herida abierta?