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La ruina y la semilla

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Acaso en todo este embrollo hay algo bueno y apenas he caído en cuenta de ello: las ruinas pueden convertirse en semillas, para seguir en el universo de metáforas de Boaventura. Me parece que este puede ser el caso. Las élites del régimen de la transición, pero en particular el grupo de Lorenzo Córdova, Ciro Murayama y sus amigos debería convertirse en partido político. Lo digo de verdad, sin ironía y espero que se aprecie la lealtad en mis palabras. Tienen potencial para ser, según mi punto de vista, la oposición que el nuevo régimen necesita. Como ellos saben, como han defendido, son los partidos el espacio para defender las conquistas institucionales que juzgan imprescindibles, la autonomía de los órganos que juzgan que deberían blindarse del posible daño de la soberanía popular.

Tienen todo. Tienen una mitología fundacional, la de la transición a la democracia. Tienen el prestigio de ser los discípulos de José Woldenberg. Tienen un ideólogo potente, aunque no haya recibido el reconocimiento que le correspondería en un sistema de prestigios más justo, Ricardo Becerra. (Tienen incluso al IETD, un think tank, el Instituto del Entusiasmo por la Transición Democrática). Tienen mucha experiencia en cargos públicos y alguna en campañas electorales. Tienen, sobre todo, capital social, que puede convertirse en poder mediático, en capacidad de convocatoria.

Salomón Chertorivski, ex funcionario de gobiernos de PAN y PRD, de una órbita cercana, ha dado un paso en ese sentido hacia Movimiento Ciudadano e incluso comenzado a articular la oposición al Insabi con algunos ex secretarios de Salud. Lo ha hecho tímidamente, desde la defensa de su legado personal, pero ha transitado a hacer propuestas cada vez más concretas. Lo ha hecho casi con pena, aclarando siempre que preside un Consejo Ciudadano y que él está como externo, aunque sea un consejo ciudadano hecho para alimentar al partido y pagado por el mismo.

Son pruritos y cuidados de otro tiempo, de los días de esplendor del régimen PRI-PAN-PRD, en que los campeones de la neutralidad tenían que esconder su militancia y su marcado talante aristocrático para dotar de su aura impoluta a la legitimidad del régimen. Pero eso ha quedado atrás, y particularmente desde la chacalada militante de Lorenzo Córdova para garantizar a Edmundo Jacobo un periodo más como secretario ejecutivo del INE. Todos militamos en nuestras ideas y valores y tenemos preferencias. Está bien: eso es la normalidad democrática.

Convertirse en partido sería la mejor forma de transformar la ruina discursiva de la transición en semilla. El grupo que la enarbola posee el discurso más articulado del régimen que quedó y son los más capaces de reelaborarlo, aunque se les vean muy pocas ganas. No necesitan caminar, ni hacer trabajo territorial por su propio pie, si eso les preocupara. Hay una serie de operadores electorales desempleados, sin sentido y sin rumbo. Hay una serie de intereses heridos que carecen de representación política y brincarían de alegría si los campeones de la neutralidad se lanzaran a la búsqueda del poder.

Estoy seguro de que, si pidieran al presidente de la República una modificación a las leyes para poder registrar su partido político, los escucharía y ayudaría a empujar el cambio. Estoy más seguro todavía de que si le pidieran a Dante Delgado acogerlos a todos en el seno de Movimiento Ciudadano, como ya se hizo con Chertorivsky, también jalaría. Incluso si convocaran al PAN a reinventarse y le ofrecieran un rumbo tendrían oídos atentos. Ojalá lo consideren. Por ahora la oposición tendrá que conformarse con México Libre o con Futuro 21, formaciones muertas antes de nacer.