Quién sabe si Morena es el partido de la cuarta transformación de la vida pública de México. La dimensión histórica de ese objetivo (un ciclo histórico de ampliación de derechos) es de tal calado que a veces parece que algunos de los militantes mismos de Morena, pero sobre todo sus dirigentes, no toman con suficiente seriedad el tamaño del encargo y han terminado por escucharlo más como un eslogan que otra cosa. Comparto las dudas que ha manifestado el Presidente, quien dijo también que si el partido se echaba a perder, terminaría por renunciar a él y pedir que se le cambiara el nombre. Inquieta, sin embargo, la falta de reacción de la burocracia partidista y de los cuadros que hacen más vida orgánica, apenas unos miles en un sector social de decenas de millones, ante tal advertencia.

Preocupan los alcances de Morena a la luz de la contienda por la renovación de la dirigencia nacional. Son normales los jaloneos, y solo asustan a académicos que querrían elecciones europeas, pero alarma su tipo. No se trata de enconados debates ideológicos, de diferencias en el modelo organizativo, de bandos convencidos de que son encabezados por el mejor dirigente. Mientras en los estados de la República preocupa lo desviados que están los cuadros gobernantes en municipios y gobiernos locales con respecto al ritmo de trabajo y sentido del gobierno federal, mientras solicitan que el partido se haga responsable del rumbo de los gobiernos que se formaron bajo sus banderas, la pugna en la burocracia, desconectada de sus necesidades, es sobre el método de elección, no sobre el rumbo que debe tomar.

Pero, si no hay debate organizativo, es más preocupante el tono del debate ideológico y programático. Se han logrado asentar pocas ideas sobre la circunstancia nacional y las tareas prioritarias del partido en el gobierno. Quizá una que ha tenido fortuna es la de la existencia de un “golpe de Estado blando” —realizado mediante mecanismos semilegales articulados con intervenciones violentas y el concurso fundamental de los medios de comunicación— y la necesidad de frenarlo desde las calles. Es un escenario probable, pero lejano ahora mismo, en el momento de mayor desarticulación del bloque neoliberal en décadas. No se trata solo de un mal diagnóstico, sino que su difusión impone prioridades ficticias, como ocupar las calles y concentrarse más en las labores de organización y movilización, cuando lo que falta es otra cosa: educar a los cuadros gobernantes y profesionalizar la comunicación. (El 70 por ciento de apoyo al Presidente no durará para siempre y es importante anclarlo fuera de su persona).

Realizar una encuesta, como sugiere AMLO, serviría para saltar la aduana de la renovación de la dirigencia sin entrar en pugnas de demasiado bulto, tipo perredista, pero aplazará la institucionalización del partido. No hacerla extenderá la ilusión de que una parte de la minoría que hace vida orgánica representa a todo el obradorismo, aunque no esté implantada socialmente (Bertha Luján, con quien coincido ideológicamente, ha estado en contra de la elección por encuesta y se sitúa mal en estos ejercicios). Sin una discusión de fondo, ambas alternativas significan aplazar lo importante.