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Patria de sembradores

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Las patrias son todas inventadas, desde luego, pero adquieren realidad en las personas, sus identificaciones y sus identidades. Como es sabido, la representación a veces es fundamental para la existencia de lo representado. Muchas veces, rasgos con los que se construyen los mitos patrios influyen de manera definitiva para la constitución real de las sociedades y su política. Los ideales patrióticos generalmente sirven de referencia cuando hay alteraciones en la vida colectiva, ya sea para establecer que algo debe ser defendido (patriotismo defensivo), atacado, conservado, cambiado. Importa, por eso, que la costumbre sea festejar a Hidalgo y a Morelos y no a Iturbide, por ejemplo.

Hemos festejado siempre el grito de Dolores porque, sí, de alguna manera, desencadenó el proceso histórico que derivó en la independencia del país, si bien no se trató de una lucha con la linealidad que se presume. Decidimos hacerlo así, desde nuestra política y también desde nuestro pueblo, porque se trata de un gesto generoso, idealista, que representa la audacia y el honor, más que el valor del triunfo: habla más de un ideal del país que decidimos que hemos querido ser que de los vaivenes y caprichos de la política real. Torres Bodet diría que el padre Hidalgo “supo ofrecer su existencia entera a la profecía de la nación” y que, aunque en nuestro pueblo admiramos al que cosecha, nos inclinamos por el sembrador.

Aunque sea como profecía de la nación, la patria y sus símbolos importan, porque a menudo porciones de esas profecías se vuelven autocumplidas. Y hemos decidido darnos una humana, libertaria, incluyente, igualitaria, y que apuesta por tener su raíz en la soberanía del pueblo, y no, en cambio, una conservadora, instrumentalista, cínica, agresiva y fervorosa del orden. La lectura de la historia nacional que habla de tres grandes transformaciones de la vida pública de México —una especie de mitología que escribieron en ocasiones Vicente Lombardo Toledano, Jaime Torres Bodet o Jesús Reyes Heroles— es por eso mejor, más sólida y más apegada a la realidad que pretendidos altares alternativos, que defiende la reacción en las plumas de Catón, Macario Schettino y otros falsificadores de la historia, como atinadamente les ha llamado Pedro Salmerón.

La mitología mexicanista fue tan sólida que resistió el periodo neoliberal sin revisionismos de mayor bulto (aunque intentos hubo), y ha llegado bastante sana al gobierno que pretende encabezar una cuarta transformación de la vida pública, una que coincidiría con Torres Bodet en que “no basta, por ejemplo, en día como el de hoy, recordar a Hidalgo. Hay que hacer, silenciosa y modestamente, pero con tenacidad y con valentía, algo que nos otorgue el derecho de recordarlo. Ser los ejecutores de sus designios representa para nosotros un ínclito compromiso. La mejor manera de honrarlo es luchar por él y por lo que él quiso para su pueblo. Tampoco basta con declarar que amamos a nuestra Patria; porque amarla ha de ser trabajar para engrandecerla. Y cuanto más repitamos que la queremos, más tendremos que construirla al tamaño de nuestro amor”.