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Sobre la pareja

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No tengan. Fin. Ok, es broma.

Por conservador, creo yo, todavía me acompaña la convicción de que en pareja es la mejor manera de estar en el mundo. Y no es que sea yo particularmente exitoso en eso, que no haya tenido esa convicción ante mí su cara tormentosa, sus desmentidos radicales.

No soy viejo, pero cargo algunos fracasos emocionales a cuestas, como todos —incluyendo un matrimonio fallido, desengaños de dimensiones catedralicias, males de amor convertidos en odios, cosas por el estilo. Y creo que la clave está en ese “como todos”. Porque la pareja no le funciona mucho que digamos a mi generación, o por lo menos le funciona menos que a las anteriores, aunque ese desgaste ha sido una cosa de todo el siglo pasado (¿o de siempre?). Y, sin embargo, las expectativas forjadas con los golpes de esas ideas siguen vigentes, vigilantes, estructurándonos moral-emocional-afectivamente. Hablo de la forma dominante, todavía hegemónica, de relaciones sexoafectivas, que es la pareja heterosexual.

El matrimonio y la pareja tradicional, en general, han entrado en una profunda crisis. La gente cada vez retrasa más su entrada al matrimonio o a la unión libre, cada vez se casa menos, cada vez se divorcia más. Y hay, desde luego, causas materiales. Es más difícil definir roles y responsabilidades cuando se depende de contratos semestrales, mensuales a veces, con rentas y créditos de vivienda caros y salarios precarios, que a veces nos obligan a compartir con amigos o desconocidos, en cada vez más extraños arreglos residenciales. La precariedad económica lleva probablemente la mayor parte en estos cambios, pero es también cierto que hay otras fuentes de inestabilidad en las relaciones sexoafectivas, como su integración a la lógica de consumo y de reemplazo, bastante enemiga del amor. Todo eso ya se sabe, pero creo que se discute poco, porque obviamos su componente social y nos concentramos en los dramas personales.

Las respuestas que hemos dado al cambio en la forma hegemónica de pareja han sido de dos tipos: las parejas reformadas y los arreglos alternativos. Las parejas reformadas suelen no implicar cohabitación ni expectativas de matrimonio o unión, pero se parecen mucho al noviazgo, con sus reglas de exclusividad, de prioridad en el tiempo libre, y otras que lo delinean como institución social.

Más complicado es preguntarse si podemos vivir nuestros afectos de otro modo, en nuevas instituciones sociales, en vez de andar parchando la vieja. La vieja manera. Teóricamente, claro, es posible. No sólo hay culturas en el mundo donde el sexo extramarital está abiertamente permitido y los celos disminuyen al mínimo, considerando actos de ese tipo como libertad más que como infidelidad. Susan McKinnon ejemplifica con la sociedad melanesia de Lesu, donde además de estar permitida la libertad sexual de las mujeres, que los hombres aceptan sin celos evidentes, está también estipulado que aceptarán como propios a los hijos de su pareja, aunque no sean suyos en el sentido en que nosotros los concebimos. Existen ahí arreglos matrimoniales variadísimos, poliándricos, poligámicos, monogámicos, además. Habrá quien quiera ver en esto una desviación o incluso una depravación. Bien, para el que crea que la poligamia, las relaciones esporádicas, las configuraciones sexoafectivas heterodoxas, son cosa de la perversión humana, podemos también observar monos.

Los chimpancés, por decirlo así, son muy humanos occidentales: son celosos, patriarcales, agresivos, usan la violencia para ligar, son acosadores sexuales consumados, combinan la seducción con la coerción –conquistar es precisamente eso. Y en ello hay quien ha querido encontrar una base para los comportamientos humanos, para decir que lo nefasto del patriarcado viene del código genético. Pero no. Ya es de sobra conocido el ejemplo de los bonobos, genéticamente muy cercanos aunque culturalmente muy distintos tanto a los chimpancés como a los humanos. Son, para empezar, polígamos; para continuar, respetan el consentimiento de las hembras y no son violadores; tienen una construcción social de protección muy parecida a la sororidad –las hembras defienden a las hembras sin importar el vínculo que medie– y, lo más interesante, experimentan con diferentes preferencias sexuales, y arreglan sus problemas cohabitando. O sea que la pareja no está en el código genético.

Pero me distraje. Decía. El declive de la pareja tradicional tiene algunas virtudes entre sus causas, y la más obvia es que ha resultado del deterioro de ciertas formas de dominación masculina, del debilitamiento del papel social de la mujer exclusivamente como madre, de la mayor equidad alcanzada en las últimas décadas. Y, por lo mismo, no debe desestimarse que este tipo de dominación puede bien refuncionalizarse en los formatos poliamorosos o abiertos de relaciones sexoafectivas. En el matrimonio tradicional la infidelidad era algo así como un derecho, y, como le leí a Ana –@inconsistente en Twitter–, la propuesta de relaciones no monogámicas hecha por hombres es sospechosa siempre porque tiende a legitimar prácticas de disparidad ancestrales y elimina el incómodo expediente de la sanción moral o el cuestionamiento.

No tengo idea de la solución, de si pueden reconstruirse ciertas certezas. Siendo así, parecería que hay pocas alternativas fuera de la monogamia serial y las parejas reformadas, pues otros formatos suelen encubrir con bellos discursos a las prácticas patriarcales. Eso, claro, excepto cuando es voluntad de las mujeres la de emprender relaciones abiertas. Es una idea radical, pero acaso funciona: esos arreglos sólo deben tener lugar cuando sean emprendidos y propuestos por mujeres, dispuestas a ejercerlos en plena libertad –sin hombres que digan que los aceptan y luego quieren imponer su voluntad, su sentido de propiedad o prioridad. De lo contrario suelen ser retrocesos de lo ganado en equidad. Ya sé que eso borra un poco la voluntad y el peso de los afectos de uno, ¿pero habrá un camino más justo? Es un tema que no parece, pero sí debería de ser discutido. En lo social, en lo político. Por los jóvenes, por los maduros. Disculparán los lectores de El Sur la larga digresión, la proyección y la falta de asertividad. Prometo corregirme.

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